
Ahí está. De pie. No en un camino, pero al menos hay un pequeño lugar donde puede apoyar sus pies. Busca un camino, o al menos dónde pisar al siguiente paso. No sabe si encontrará un apoyo, o simplemente caerá al vacío. Tampoco sabe si ese posible vacío será realmente vacío. Tal vez caerá durante un tiempo y encontrará otro camino. Uno que no se esperaba, que estaba más abajo, pero no había visto. Un camino que estaba más abajo pero que lo lleva más arriba. O quizás encuentre en ese no-tan-vacío un camino, pero que lo haga retroceder. No sabe. Quizás el vacío es realmente un vacío, y caerá por siempre.
Es fácil quedarse ahí, donde está parado, donde sabe que tiene dónde poner sus pies, pero sabe que tiene que moverse. ¿La razón? Todos se mueven, sería estúpido quedarse ahí, estático, mientras el resto del mundo se mueve. También es estúpido moverse sólo porque el resto lo hace. Pero no es esa la real razón: es que el tiempo se mueve también, es lo que manda. No es Dios, ni papá, ni el profesor, ni el jefe quien manda. Es el tiempo. Si el tiempo se mueve, hay que moverse. ¿Por qué? Nadie sabe, pero quizás suena coherente moverse para alcanzarlo, o al menos, para no quedarse atrás.
Ahí está. De pie. No sabe si al siguiente paso hay camino, pero lo da.




